
El primer monumento de Tucumán fue la pirámide de Maipú, erigida en 1817, y la primera estatua fue la de Belgrano en bronce, de 1884. En 1976 se iniciaría una avalancha de efigies de dispar calidad y de arduo inventario.
Desde los tiempos más remotos y hasta que terminaba la segunda mitad del siglo XIX, no se conoce que San Miguel de Tucumán tuviera monumento público alguno, fuera estatua o monolito. En sus “Memorias” (1855) el general José María Paz dice que “las victorias de Chacabuco y Maipú, compensando en cierto modo nuestros desastres anteriores”, permitían al general San Martín “no sólo conservar sino aumentar las fuerzas de su mando, que después dieron tantas glorias a la patria”.
Agrega que “la última de estas victorias” (1817) fue “celebrada en Tucumán con locura” y “el general Belgrano hizo levantar un monumento para perpetuar su memoria, el que se conservaba hasta hace algunos años”. Se refiere a la pirámide de la plaza Belgrano, muchas veces denominada equivocadamente -incluso en escritos de quien firma este artículo- como pirámide “de Chacabuco”, cuando en realidad, vemos, es “de Maipú”.
Primer monumento
Era de ladrillo y puntiaguda, como aparece en su más antigua fotografía, tomada por Angel Paganelli y publicada en “Provincia de Tucumán”, de Arsenio Granillo, en 1872. Allí se la ve en medio de un pastizal, rodeada por la reja de hierro que el coronel Emidio Salvigni, antiguo oficial de Belgrano, hizo construir de su peculio en 1858.
Como lo muestra el pastizal, aún no se había cumplido la ley de 1858 que disponía delinear la plaza Belgrano teniendo como centro esa pirámide. La plaza se habilitó recién en 1878. Un año antes, el monumento fue recubierto con mármoles, trabajo ejecutado por el escultor José Allio y costeado con una donación del porteño Andrés Egaña. En el remate, Allio le adosó la esfera metálica que puede apreciarse hasta hoy, y probablemente le agregó altura y cuerpo.
Durante 25 años, esa pirámide fue el único monumento existente en toda la ciudad. Pero en 1841, el ejército rosista de Manuel Oribe batió a las fuerzas de la Liga del Norte que mandaba Juan Lavalle en la batalla de Famaillá.
Pirámide federal
El general Celedonio Gutiérrez, quien asumió de inmediato el gobierno (donde permanecería once años) quiso recordar la victoria federal, a comienzos de 1842. Erigió así un monumento de homenaje al centro de la hoy plaza Independencia, conocida hasta entonces como “la plaza”, pues era la única existente.
Se trataba de otra pirámide, con una esfera en la punta. Registró su aspecto un dibujo al lápiz de Juan León Pallière, ejecutado en 1858, única imagen que se posee. Si se cumplió totalmente el decreto de Gutiérrez, debió haber tenido al pie una inscripción que rezaba: “La provincia de Tucumán es deudora del restablecimiento de su libertad, leyes y dignidad al Incomparable Americano Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas y al valiente virtuoso Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina debajo del inmediato mando del Ilustre General en Jefe Brigadier General Don Manuel Oribe”…
Una alta columna
Claro que, en 1862, ya caídos los “federales”, el gobernador José María del Campo ordenó demolerla, por considerar esa pirámide un “recuerdo de oprobio”, en la plaza que ya se llamaba “Libertad”. La demolición se realizó, ante gran concurrencia, el 13 de julio. En su lugar se erigió, dos años después, un monumento consagrado a la memoria de la Declaración de Julio, considerando -decía el decreto del 3 de febrero de 1864- “que no existe un solo monumento que recuerde el memorable día en que se juró en nuestra ciudad la independencia”.
Se trataba de una gruesa columna, de unos 20 metros de altura, con cinco gradas de escalinatas en la base, donde estaba la fuente pública de agua. Ese basamento (de “ocho fases cuadrilongas” donde estaban tallados los nombres de los Congresales de 1816, según Granillo) se articulaba al fuste con una suerte de gran copón; y el pináculo, en forma de botella con tapa redonda, reposaba sobre un capitel con ménsulas ornamentadas. Se la puede apreciar con nitidez en las antiguas fotografías de Paganelli. En 1878 se la rodeó con un enrejado.
Belgrano y La Libertad
Pero también a la columna le llegó la hora de la demolición. Ocurrió en 1883, cuando el presidente Julio Argentino Roca obsequió a la provincia una efigie en bronce de Manuel Belgrano, obra de Francisco Cafferata. Esta fue inaugurada al centro del paseo el 25 de mayo de 1884, tras abatirse la columna. Sería la primera estatua que poseyó Tucumán.
En 1904 ocurrió otro cambio. La escultura de Belgrano fue sacada de ese lugar y sustituida por “La Libertad”, mármol de Lola Mora, sobre un alto basamento de granito. Y un día después, se inauguraba el bello monumento a Juan Bautista Alberdi, también de mármol, en la plaza de su nombre, obra de la misma artista. En cuanto al bronce de Belgrano, pasó al corralón municipal: años después recién fue colocado en la plaza de su nombre, vecino a la pirámide de 1817.
En los años 1910
Al llegar la época del Centenario de 1910 se inauguró la estatua ecuestre del general José de San Martín, en la plaza homónima. Y al arribar el Centenario de la independencia, en 1916, aparecieron más estatuas: las de fray Justo Santa María de Oro y fray José Manuel Pérez, en el atrio de Santo Domingo; el busto del obispo José Eusebio Colombres, en el parque 9 de Julio, y el busto del Inca Garcilaso de la Vega, en Mate de Luna y Camino del Perú. Este tuvo pésima suerte: destruido por vándalos en 1926 y rehecho en 1931, desapareció definitivamente algún día de la década de 1950.
En 1917, al comienzo de la avenida Benjamín Aráoz y en homenaje al gobernador de ese nombre, se inauguró un trono de mármol con relieves de Juan B. Finocchiaro, costeado por suscripción pública: también desapareció en los años 1940. Por un tiempo, en esa década, se emplazó en un ángulo de la plaza Independencia el mármol “Parábola” de Pompilio Villarrubia Norri, pero pronto sería llevado a la plazoleta del Cementerio del Oeste.
El Humboldt y otras
Llegaron los años 1920. La Comisión Administradora del Parque 9 de Julio encargó, al doctor Juan B. Terán adquirir en Europa, para ornato del paseo, una buena cantidad de calcos de estatuas clásicas, en mármol y en bronce. Algunas se colocaron también en la ciudad, entre 1927 y 1929, y no pocas desaparecerían en el curso de los años. Además, en los jardines del Rectorado de la Universidad se descubrieron dos grandes bustos de bronce: el de Dante Alighieri (1924), obra de Aquiles Mantovani, y el de Alejandro de Humboldt (1929). Este último tiene gran valor: es la única réplica existente del original que el gran escultor alemán Christian Rauch ejecutó con el modelo al frente.
Asimismo, se colocaron en el parque Avellaneda (1929) el busto en mármol del presidente tucumano, obra de Enrique de Prat Gay, y el del poeta Antonino Lamberti, bronce de Juan Carlos Iramain, hoy desaparecido. En la plazoleta Mitre, en el centenario del prócer (1921), se emplazó también su busto en bronce.
Villarroel y el Yrigoyen
El decenio siguiente asistió a la inauguración de la efigie en bronce de Diego de Villarroel, obra de Juan Carlos Iramain (1935). Ubicada primero en la platabanda del comienzo de avenida Mate de Luna y hoy en el parque Avellaneda, en 1965 se le agregaron las pantallas laterales, obra de Angel Dato y Roberto Fernández Larrinaga. También es de los 30 el busto de Bernardino Rivadavia, bronce de Juan Carlos Iramain, en la plaza que llevó hasta hace poco su nombre. Fue igualmente obra de Iramain el busto en bronce de Justo José de Urquiza, emplazado en la plaza que lo evoca (1933), hoy en el Museo de Bellas Artes.
En los años cuarenta se inauguró, en 1941, el Cristo del Camino al Perú, obra de Santiago Chiérico, y en 1942 la estatua de Hipólito Yrigoyen, modelada por Ernestina Azlor, ganadora del concurso nacional respectivo.
Roca y en los cerros
Y en 1943, quedó descubierto el gran monumento dedicado al general Julio Argentino Roca, obra de Angel Ibarra García y producto de un concurso nacional, en la rotonda de avenida Benjamín Aráoz. Sin respeto alguno (con el argumento de que obstaculizaba los aterrizajes) el conjunto sería desarmado en 1963. Tras deambular por un par de emplazamientos, la efigie de Roca sola terminó en su ubicación actual de Gobernador del Campo y Soldati, desprovista de los relieves (que se distribuyeron en arcadas del parque), leyendas y construcciones de la concepción inicial.
Esa década asistió a la habilitación de esculturas monumentales en la serranía: el Cristo de San Javier, obra de Juan Carlos Iramain, y el monumento al Chasqui (conocido como “El Indio”), obra de Enrique de Prat Gay, en el camino a los valles.
Los 60 y la avalancha
En los años 1960, el acervo escultórico se acrecentó con el hemiciclo de la plaza Belgrano, obra de Horacio Juárez, descubierta en el sesquicentenario de la batalla de Tucumán, en 1962. Asimismo, la estatua de Gregorio Aráoz de La Madrid, obra de Angel Dato (1963), en la plaza de su nombre -ya invadida por la Terminal- y hoy en la avenida Soldati. También se colocó un busto del doctor Idelfonso de las Muñecas en la plaza Urquiza (1963), hoy desaparecido.
Y sería en la década de 1970, época de tantos cambios, que se modificó profundamente el criterio vigente respecto de los monumentos públicos en San Miguel de Tucumán. Hasta entonces, la colocación de cada bronce, o mármol, o mampostería, era algo cuidadosamente estudiado en cuanto al autor, la figura y la ubicación. Desde 1976, en cambio, estatuas y monumentos empezaron a levantarse en la ciudad en un verdadero torrente de calidad despareja, cuyo inventario completo resulta arduo de realizar. Es el panorama que apreciamos hoy.